Monterrey de nuevo amanecía encerrado entre nubes oscuras en aquel domingo de invierno, destinando a los habitantes de la ciudad a quedarse encerrados a tomar café, prender la calefacción y ver la televisión.

Sólo los más osados o los que por necesidad tenian que salir del umbral de su casa, se aventuraban a perder el equilibrio en banquetas resbaladizas,  y a terminar con orejas rojas y  resfriado de una semana.

Pero en el Barrio Antiguo se escuchaban los pasos de una mujer que, en botas de plástico , bufanda, sombrero para la lluvia y paragüas color morado, desafiaba las miles de pequeñas gotas que se alojaban en su chino cabello.

Con olor a melocotones recién lavados y piernas que parecían demasiado frágiles,  caminaba con brazos abiertos, ojos cerrados y una sonrisa, tarareando una canción inentendible, dando repentinas vueltas sobre ella misma y brincando en todos los charcos encontrados a su paso.

Las pocas miradas que se cruzaron con ella pensaron en locura, borrachera, drogas, falta de atención de los padres, poca moral, definitivamente una perdida…

Pero cualquier descripción de aquella extraña figura quedaba corta.  Ella sobrepasaba a la ciudad y sus habitantes, a la molesta llovizna, a la soledad  escondida no solo en aquel cielo plomizo sino también entre los cobertores que en ese momento cubrían a las personas dentro de sus casas.

Ella solamente podría entenderse después haber experimentado lo que es elevarse sobre campos de girasoles y tocar sus pétalos con la punta de los dedos; una vez que se hubiesen recorrido laberintos con hilos de colores como guias y después de quemar miles de palabras de amor para calentar el corazón de los abandonados.

Nadie más la volvió a ver después de ese domingo gris. Las conclusiones, las leyendas, los mitos surgieron en las bocas de los habitantes de Monterrey. 

Lo cierto es que Ariadna nunca reapareció porque encontró la salida a su laberinto.