Al Infinito se llega caminando entre laberintos.

mayo 30, 2010

Al Infinito se llega caminando entre laberintos, recorriendo recovecos y perdiéndose en libros, café y amistades eternas.

Ese miércoles cualquiera de  un octubre lluvioso del año 1997, recorría las calles del Barrio Antiguo buscando un refugio a mis frustraciones internas, cuando en la esquina de Diego de Montemayor y Padre Raymundo Jardón encontré aquel lugar que me cambiaría la vida en muchos sentidos.

Entré al Infinito por primera vez con los pies mojados y me recibió un lugar caótico, lleno de gente   sentada en mesas de madera tomando café y té, entre libreros abarrotados de libros, una gran barra verde, una vieja sala y un sol de barro que miraba sonriente a todo el que ingresaba.

Alguien me asignó una mesa, no en la entrada sino más adentro, al lado de esa sala antigua que serviría en ese momento de escenario para la presentación de un libro de poesías de un autor local que ya no recuerdo.

Fue también ese primer día en que conocí a su dueño Pepe. Amablemente me pidió que si podía reasignarme de mesa porque iban a tener un evento y necesitaban más espacio. Yo acepté y me quedé hasta el fin del evento. 

Regresé el fin de semana, y volví a regresar cientos de veces al Infinito hasta que se convirtió en parte básica de mi espíritu.

 El valor e importancia del INFINITO es que, para muchos de nosotros, se  convirtió en un refugio  para las ideas, para los pensamientos, para el compartir y debatir, para forjar apegos y devociones a la literatura, a la poesía y a toda expresión artística, pero sobre todo para moldear amistades que vivirían por siempre a partir de una simple taza de café.

Yo tengo mucho que agradecer al CAFÉ INFINITO y a Pepe. Primero a Pepe por haber creído en ese proyecto y haber trabajado con mente y corazón, a pesar de todo, durante 13 años, creando un lugar que nunca imaginó que transformaría a muchos de nosotros.

El CAFÉ INFINITO abrió caminos, visiones, modificó significados, nutrió de savia vital el espíritu de muchas personas, volviéndose infinito como su nombre. Forjó  lazos eternos que han hecho que esa esquina con paredes blancas y ventanas llenas de plantas, entre Jardón y Montemayor, siga invariablemente sobreviviendo en cada uno de nosotros que alguna vez cruzamos ese umbral de paredes de piedra, olor a café recién hecho y ambiente más que generoso.

 LARGA VIDA AL INFINITO.

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2 Responses to “Al Infinito se llega caminando entre laberintos.”

  1. Gigi Says:

    Excelente post… Conmovedor y a la vez inspirador
    Extrañaré el Infinito, pero ojalá sea el fin de este proyecto y el inicio de uno nuevo…

  2. Boigen Says:

    Llevo tres años fuera de mi querido Monterrey y enterarme del cierre del Infinito me puso algo triste; no lo quise creer hasta que Google me ayudó a confirmarlo. Una buena parte de mi juventud estuvo ahí.
    Mucha suerte en nuevos proyectos!!!

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